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LA CONQUISTA DE LO INSONDABLE
Ramón Faraldo
( 1ª publicación 1985)

Picasso, cuando pintaba, decía caer en vacío, caos o tiniebla. Según Solveira, el vacío no es para caer, es para sembrarlo, poblarlo. Es una criatura fecundable.

El caos, para un poeta o un plástico digno de serlo, es un manantial de inducciones aurorales, angélicas, demoníacas, culpables, inocentes, vivas, frívolas o arteriales. Y en cuanto a tinieblas o sombras, en el caso del pintor de Vigo, sombra y tiniebla vienen a ser sus elfos o estros familiares.

Eventualmente serían los propios espejos de sus vigilias e insomnios, acariciadores o agresivos a gusto de su Orfeo Pedro que, con su antorcha en vez de guzla, sabe hacer de sombras tinieblas y en general de todo el orbe apasionante que llaman desconocido o ignoto, el Coro, Eco o Caja de Pandora de sus visiones, idilios, delirios, apetencias del Más Allá, quimeras y alucinaciones de su caminar, juvenil todavía en el hombre, y más aún en el artífice, de su caminar, decía, bajo los astros de la tierra.

La fórmula instrumental o elemento de acción es atroz y sencilla, pero atroz.

Fuego, que en sus manos puede ser arrullo o clamor, incendio o paz, amenaza o aurora.

Hierro, sometido a sus míticas pulsaciones, puede guardas sus propiedades belicosas y transformarse en cuna, nido, ave o clavel.

Oxidos que, en estas elaboraciones, más próximas a la alquimia que a la química, pierden toda suspicacia industrial y adquieren tactos de líquen, terciopelo, aguamarina, mirada de mujer o de chiquillo, párpado de astro, esquirla de corazón...

Sobre esta triple alianza, llama o fósforo, metal o carne, esmalte o clámide, Pedro argumenta, como un hechicero de Maldoror o de Annabel Lee, crepúsculos, idilios, purgatorios, éxodos, vuelos de ave o Leviathán, condenas, redenciones...No se puede hablar de obras distintas, de temas propiamente dichos o sujetos diferenciados. El total de esta obra es el total, más que la unidad.

Más de veinte etapas comportan la creación artística de Solveira. Se sirve de la geometría rectangular o curvilínea en forma de módulo, ave, máquina atmosférica, arboladura de nave, perfiles o ritmos. Esta, en su efluvio de misterio, en su mutismo y magia metalúrgica, va mucho más allá que el signo lineal, bloque o cimiento construíble del primer término.

Este conjunto de invenciones fosfóricas, hipnotizantes, no reconocen protagonistas ni héroes. Todas se protagonizan a todas. Si hay un héroe, es el hombre que ha levantado golpe a golpe, ese torreón de ensueños a que equivale la exposición.

¿A quién se parece? A sí mismo. ¿A quién recuerda? A su propia memoria. Y si alguna vez creemos encontrarnos en lo que hace , es porque, alguna vez, antaño, antes de nacer y de ser, estuvimos allí. Son nuestras propias huellas las que , como en Velazquez, a menudo reconocemos. Algo que fuimos, transmutados al espíritu del fuego y devuelto por éste y por un medium apto, antes de ser quienes somos o creemos ser.

" La tierra sabe bien
que los astros y estrellas
son miradas de quienes fuimos antes
o de seres y almas que un día amamos
y un día dejaron de existir,
para hacerse eternos y mirar como miran".

De todas formas, hay una dedicación o entrega de este forjador de delirios táctiles, que lo emplaza lejos de nuestro siglo, a menudo desolador, y le sitúa, acaso, en aquella Nueva Edad Media, pronosticada por Berdiálev, lejos de nuestro tiempo de coordinadoras, informáticas, Dachaus, Hirosimas y otras aberraciones por el estilo.

Obvia referirse a ciertas atribuciones musicales que impregnan sutilmente la obra. Hay un pentagrama tácito en cada pieza. Es lo mismo del compositor musical: hay que hacer sonido del ruido, y del sonido, acorde, y del acorde, melodía, y de la melodía, Mozart. La estructura del gran cellista que acompaña muchas de las exposiciones de Solveira, es un símbolo. Responde a un por qué.

Lo menos - ¿o lo más? – extraño de esta insólita obra es lo referente a la nacencia del autor, hijo del Gran Noroeste, cuyos mares conocieron al Holandés Errante y, que a la manera de Stefan Dédalus "tal vez fue buscando en distancias y reflexiones de ausencia, la conciencia increada de su raza", en cuyos bosques alientan, aún, las hechicerías ancestrales referidas a humo, fuego, pájaros y signos estelares...Por cierto ¡ Que gran decorador de castros druídas hubiera sido este franco tirador del fuego y del hierro !.

En fin, Solveira cita a Luis Cernuda, nuestro amigo del Estado de Nevada, donde los caminos de hierro tienen nombre de pájaros.

"Forma de lo que huye de la luz a la sombra.
Confusión de la muerte resuelta en melodía".

La estrofa es clave: sintetiza, en una palabra, el postulado plástico y metafísico del autor. En efecto, ya no hay sombra. Hay luz. Ya no hay muerte. No hay más que melodía.
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