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PLÁSTICA DE PEDRO SOLVEIRA
Francisco de Pablos
7 de Noviembre 1974. Faro de Vigo

Quienes del quehacer de Pedro Solveira sólo conocieran su anterior exposición en Vigo, hace varios años, en el Círculo Mercantil, quedarán profundamente sorprendidos de la radical evolución, del casi absoluto cambio que en el concepto de la expresión plástica ha experimentado el artista, a tenor de lo que ahora ofrece en la sala de la Caja de Ahorros.

Una sola muestra de aquel tiempo nos dice del deseo de transformar ligeramente, de idealizar apenas, el ambiente conocido, la figura concreta, en función de una compleja escena en la que más importaba el ambiente, la peculiar psicología física y espiritual del lugar que las gentes mismas que en él estaban. Ahora, ha abandonado completamente la realidad cotidiana para sumergirse en el mundo de la investigación de las formas que tienen como base ese riquísimo, inagotable catálogo que es la geometría, plana o del espacio. De manera que estamos ante la abstracción más auténtica, porque Solveira no ha abandonado del todo una remota realidad localizable, a la que puede llevar, con la que puede contactar el observador atento de esta obra, realizada en esmalte cromático, al fuego, sobre chapa previamente cincelada. De manera que asistimos a un espectáculo en el que se unen pintura, escultura, artesanía y en cierto modo magia, o por lo menos alquimia, la del siempre imprecisable resultado del horno como consumidor, transformador, deglutidor del color-materia.

Ocurre muchas veces que lo en apariencia más abstracto, menos formal, no sólo es concreto, sino archiconcreto. El ojo humano está acostumbrado a un código de valores en función de unas referencias habituales. Cuando esa semiótica se transforma, mediante el procedimiento de agrandar un detalle no percibido habitualmente por la mirada común, nos encontramos con el escorzo forzado, la esquina avanzante, el volúmen en perspectiva de fuga, la proyección cónica de un objeto. Si esto se nos sirve en una gama sobria, rica en sus tonalidades como apagadas y hasta deliberadamente neutras, se consigue una orquestación en grises o en carmines diluídos, ayudados por la insinuación de unos perfiles reforzados por el relieve, en texturas sin duda insólitas en la pintura contemporánea.

Hay en estas obras, de recia ejecución, de trabajada y hasta esforzada consecución, un aire de misterio que redobla su contenido de sugerencias. Se nos da de pronto una serie en grises, en ocres, que puede ser como un catálogo de signos; la clave de un lenguaje no escrito, pero sí presentido por quien se acerque habitualmente a lo que de poderosa innovación quiere aportar el arte actual.

Paralelepípedos, cuñas, pirámides, prismas, octaedros truncados, emergen de una fondo de irisaciones casi incandescentes, por el que ha discurrido una mancha plásmica que se remansa en grumos, en agrietamientos, en surcos microscópicos. Que es tranquilizante o excitadora, según convenga a la armonía del conjunto. Mientras las formas sugeridas parece que se disparan, que buscan la distancia en acción dinámica, esa atmósfera forma un todo compacto; detiene como en una pesadilla a lo que quiere evadirse. Es como una orquestación en la que estuvieran medidos, matemáticamente calculados los acordes, en función de su fusión, de manera que sean individualmente perceptibles por categorías y tonos, supuestamente, pero en definitva actúen sólo al unísono, inseparablemente mezclados y hasta fundidos.

No por encima sino junto a los grandes valores de investigación neoformal de estos cuadros de Solveira, verdadera creación plástica, hay la intensa, casi inefable belleza puramente cromática, de sugerencias infinitas.

El artista vigués se ha encumbrado en la originalidad absoluta, en el magisterio. No es por casualidad. El secreto a voces son cinco años de agotador trabajo solitario.
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